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10 preguntas que no te animaste a hacer sobre el vino

10 preguntas que no te animaste a hacer sobre el vino

1.¿Siempre se bebe a temperatura ambiente?

Dependiendo de dónde vivamos y en qué época del año estemos este cliché del mundo del vino puede llegar a ser verdad.  Es como los relojes rotos que al menos dos veces al día dan la hora correctamente.  Tomar un vino a 30°C porque estamos en verano o congelado porque en nuestra ciudad cae nieve es un despropósito.

Tomarlo a una temperatura adecuada nos permitirá disfrutar mejor todo lo que una copa tiene para ofrecernos. Si nuestro vino se calienta o se enfría demasiado perderá muchas de sus características. Es como con el helado, muy frío se pone duro y muy caliente se derrite.

Espumosos: 6-9° C

Blancos jóvenes (pensados para consumir en el año, de cuerpo liviano): 9-10° C

Blancos de guarda (con crianza en barricas, de gran cuerpo): 10-12° C

Rosados: 7-10° C

Tintos jóvenes: 14-16° C

Tintos de guarda: 16-18° C

Vinos de cosecha tardía: 7-11° C

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2.¿Cuánto más viejo mejor?

Esta es otra de las frases hechas del vino que tiene algo de verdad y mucho de mentira.  Hay vinos pensados para ser tomados jóvenes y otros que evolucionan favorablemente con los años.  El uso o no de madera y la calidad de la uva lo son todo.

Nunca nos cansaremos de decir que el vino “está vivo” y va envejeciendo por más noble que sea su origen.  Lentamente se irá apagando la fruta y pasarán al frente los aromas terciarios, propios de la crianza en barricas y la evolución.  También se irá suavizando y adquiriendo una textura sedosa, pero los que nunca se crearon para la guarda se avinagrarán.

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3.¿Se le agregan saborizantes?

No, claro que no.  Para ser vino el INV no permite el agregado de saborizantes ni azúcar al mosto.  ¿De dónde salen entonces esos aromas y sabores tan particulares? Todo surge de la propia uva y de sus procesos de fermentación y crianza.  Cada variedad de uvas y tipo de vino tienen diferentes composiciones moleculares, siempre en referencia a sus aromas, dependiendo de muchas condiciones como el grado de maduración, exposición solar, comportamiento del clima, sistema de producción, crianza, salud, etc.

Lo que olemos en nuestra copa son compuestos químicos volátiles que tienen nombres como geraniol, linalol, pirazina, etc.  Nombres que no dicen nada, pero que también están fuertemente presentes en otros alimentos que podemos reconocer fácilmente: rosas (linalol), morrón verde (pirazina), manteca (diacetilo), banana (isoamilo), etc.  Las “narices electrónicas” han detectado hasta 800 de estos compuestos en un vino y se sospecha que hay muchos más que, incluso, interactúan entre sí.  El aroma del vino es tan complejo  que ha sido clasificado en el grupo de aromas que no pueden ser reconstituidos por mezcla de los componentes químicos que los forman.

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4.¿El vino engorda?

El vino tiene, como todo alimento, calorías.  Cada gramo de etanol tiene unas 7 calorías, así que una botella de vino, tinto o blanco, tiene unas 570 calorías.  Más o menos lo mismo que un Big Mac, pero difícilmente te tomés un litro directamente de vino.

Afortunadamente, lo que por un lado tiene de calorías no lo posee de sustancias tan nocivas y de hecho está comprobado que, tomado en moderación, mejora nuestra salud cardíaca y cerebral.

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5.¿Qué son los taninos?

Aunque no sepas lo que son, seguramente los sentiste.  Cuando tomás una copa de vino y te queda una sensación de sequedad o astringencia en la lengua, paladar y encías estás ante los taninos.

Son sustancias químicas naturales, cuyo compuesto, conocido como polifenol, incluye entre otros elementos los pigmentos responsables del color o antocianos, especialmente en los vinos tintos y rosados.  Abundan en la madera, especialmente roble y castaño, en las raíces, en multitud de frutas (especialmente las verdes) y es muy abundante en el vino tinto debido a su múltiple procedencia: pieles y pepitas de las uvas, los rapones y la crianza en madera.

Dependiendo de la variedad, de la forma de elaboración y del momento de cosecha, los taninos se sienten claramente cuando el vino es joven.  Esa sensación rugosa y astringente que nos provocan se va a ir suavizando con el tiempo y es parte de la evolución del vino.

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6.¿Cuándo decimos que un vino es “seco”?

Es una hermosa ironía que algo líquido sea seco, pero solemos usar esa expresión y está bien.  A pesar de lo arraigado del uso, muchos confunden “seco” con astringente.  Sin embargo, seco se utiliza para referirnos a un vino sin contenido de azúcar residual.

7.¿Por qué hay que oler el vino?

El vino está hecho para beberse y si el recipiente que usamos nos permite hacerlo ya es suficiente.  Sin embargo, cuando nos interiorizamos en este mundo aprendemos que nuestro olfato nos puede decir mucho de lo que estamos bebiendo.  Según el célebre enólogo Émile Peynaud: “El ojo y el oído son sentidos muy afinados, permanentemente alertados y activos.  El gusto y el olfato son sentidos ocasionales, a menudo en reposo, a los que se interroga de forma intermitente.  Es comprensible que nos preocupemos menos de probar y de oler que de ver y de oír.” En nuestra sociedad actual, lo audiovisual prima sobre el resto, vivimos en una cultura de la imagen y de la información, por lo que el resto de los sentidos son menos valorados al igual que el disfrute analítico propio.

Cuando estoy ante una copa, confío más en mi nariz que en mis ojos.  Los aromas del vino me dicen si el vino está defectuoso, si es joven, si tuvo crianza en barricas e, incluso, puede transmitir su lugar de origen.  “Activar” nuestra base de datos olfativa puede ser trabajoso, pero descubrir esos aromas en la copa es como descubrir los secretos del vino.  Es parte del disfrute.

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8.¿La copa influye mucho?

Las copas potencian la percepción y disfrute de cualquier vino.  No van a hacer magia, los vinos mediocres seguirán siéndolo aunque usemos la mejor copa.  Sin embargo, tomar un gran vino en un vaso corriente equivale a desperdiciar buena parte del potencial disfrute.

La forma de la copa se ha pulido por siglos y tiene su razón de ser: el pie largo impide que calentemos el vino con nuestra mano; el cáliz redondo nos permite girar el vino para que se oxigene; el cristal pulido nos deja ver el líquido sin deformaciones; el borde fino permite dirigir el vino al centro del paladar y beberlo más cómodamente.

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9.¿Los vinos más caros deberían gustarme más?

Esta es la pregunta difícil.  La respuesta es no, el porqué es la parte dificultosa.  El costo del vino depende de muchas cosas.  Están la calidad de la uva en primer término; el uso de barricas; el “desperdicio”, como en los vinos de cosecha tardía o viñedos de bajo rendimiento; los premios obtenidos; el prestigio ganado con los años; la escasez real o generada; la exclusividad.

Me ha pasado pagar mucho dinero por un vino de alcurnia, escaso y con larga tradición, y que no me brinde una experiencia mejor que otro que costaba menos de la mitad.  Uno decide pagar ese tipo de cosas.  Aunque tampoco debemos esperar milagros de vinos económicos.  Cuanto más cuidado sea el trabajo (levaduras seleccionadas, barricas de mayor calidad, terruños especiales, vides viejas) más costoso es el producto final.

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10.¿Son mejores los vinos con más madera?

Otro de las grandes discusiones del vino.  Sin lugar a dudas, el roble juega un papel importante aportando aromas y sabores, además de taninos y microxigenación para que maduren lentamente.  Hay maderas de muchas calidades y tostados, además de orígenes.  Sin embargo, es preferible un buen vino sin madera a uno malo con gusto a roble.  La madera mejora mucho a un vino, pero no es mágica.

El punto está en que esta no tape todo lo que la viña tenga para decir, sino que acompañe aportando cosas positivas.  Es por eso que los consumidores experimentados escapan al “maderazo”, más allá de las tendencias.

Ariel Rodriguez
Provengo del mundo de las letras, pero siempre me definí como un entusiasta del vino. Fui aprendiendo poco a poco sobre el noble brebaje, escuchando a otros, leyendo libros, asistiendo a degustaciones, etc. y se me ocurrió la idea de comunicar sobre lo que me gustaba. Mi blog se convirtió en un espacio de crítica libre, un hobby para despuntar el vicio de la escritura, hablar sobre lo que bebo y mil reflexiones más que se me ocurren sobre el mundo del vino argentino. La ausencia de vínculos comerciales, me permite una voz libre y sincera de la que quiero hacerlos parte.

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