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Nuevo Mundo y Viejo Mundo: ¿se cierra la grieta del vino?

Nuevo Mundo y Viejo Mundo: ¿se cierra la grieta del vino?

“Ésta es la historia. Durante años el vino ha sido un hábito de algunos países, de pocos: era una bebida con la que uno saciaba su sed y con la que se alimentaba. Tenía un uso extendidísimo y unas estadísticas de consumo impresionantes. Producían ríos de vinito de mesa y también, por pasión y por cultura, se dedicaban al arte verdadero y auténtico: era entonces cuando se hacían los grandes vinos. Lo hacían, casi exclusivamente, franceses e italianos. En el resto del mundo, hay que recordarlo, se bebían otras cosas: cerveza, bebidas de alta graduación e incluso cosas más raras. Del vino no sabían nada.” Alessandro Baricco empieza así a contar la historia del vino fuera de Europa y alrededores.  En su libro Los Bárbaros problematiza lo que él llama el vino hollywoodense, o sea el vino y las tendencias del Nuevo Mundo, llamándolo “sin alma”.

La historia del vino en América empezó con el segundo viaje de Colón en 1494, pero recién se pudo plantar  con éxito en 1524 de la mano de Hernán Cortés. La variedad más plantada (la que mejor y más rápidamente se adaptó) fue la Mission, conocida en Chile como País y aquí como Criolla Chica. Con los años, los viñedos fueron expandiéndose por las latitudes americanas junto a los conquistadores que querían vinos locales, no tanto porque les encantaran sino por el alto costo y engorro de traerlos de Europa. No nos olvidemos que el promedio de consumo era muchísimo mayor que ahora y era indispensable para celebrar la misa.

Con el tiempo, las vides fueron encontrando sus mejores lugares lejos de la Centroamérica inicial. Aparecieron varietales más finos, las plantas se adaptaron a nuestros climas y suelos y perfeccionamos la elaboración vínica.  Sin embargo, seguíamos mirando a Europa. Nuestro estilo se parecía bastante o quería parecerse al europeo aunque ya iba mostrando un perfil original. Ganarse el respeto mundial iba a necesitar un cambio de concepto que hasta el día de hoy es discutido.

La revolución de los vinos del Nuevo Mundo llegó a mediados del siglo XX cuando se dejaron de lado las técnicas tradicionales por métodos modernos. En cierta manera se aceptaron también las reglas impuestas por la naturaleza americana y el resultado final logrado.

Las diferencias entre los vinos europeos y americanos empiezan desde la viña. En el Viejo Mundo las regulaciones son muy estrictas: posibilidad o no de riego (por lo general no se permite), limitaciones al uso de ciertas tecnologías, imposibilidad de plantar ciertas uvas, etc. En cambio en el Nuevo Mundo hay mayor libertad y se permite incluso la experimentación con nuevas técnicas y variedades.  Es nuestra forma de suplir la falta de tradición: la diversidad de las zonas tradicionales se basa en siglos de probar para encontrar la mejor opción; la diversidad de las nuevas zonas se basa en experimentar rápidamente para llegar a esos resultados.  Hace poco el enólogo Ernesto Bajda de Catena Zapata explicaba para The Drink Business: “la diferencia es que a ellos les tomaron 300 años de ensayo y error. En el siglo XXI podemos aplicar los métodos científicos, y en lugar de tener una respuesta cada año, podemos tener de 10 a 15 respuestas cada año”.

Con el tiempo, las vides fueron encontrando sus mejores lugares lejos de la Centroamérica inicial. Aparecieron varietales más finos, las plantas se adaptaron a nuestros climas y suelos; y perfeccionamos la elaboración vínica.

Desde Australia hasta Chile y de EE.UU. a Sudáfica, nuestros vinos se caracterizan por su alta graduación alcohólica, relativamente baja acidez, concentración, explosión de aromas y sabores, profundidad de color.  Si bien siempre se pueden tomar decisiones enológicas que lo modifiquen, son rasgos compartidos que se deben a la forma de cultivo y clima más cálido.

Además, los productores de este lado del mundo suelen prestar más atención al feedback de los consumidores y amoldarse a sus gustos por dentro y por fuera de las botellas.  Etiquetas marketineras y fáciles de comprender están a la orden del día y en este sentido se optó por tomar como referencia la varietalidad.  En los vinos tradicionales lo esencial es el Blend, o corte de cepas, que permite una expresión única del terroir y la mano del enólogo. En cambio en los vinos modernos pesa más la cepa utilizada, algo más fácil de entender para el consumidor no especializado.

Con los años, el Viejo Mundo cedió bastante y fue haciendo pequeñas modificaciones lógicas para mejorar sin perder su esencia.  El uso de tecnologías de punta y nuevos varietales se están viendo cada vez más.  Incluso algunos se corrieron definitivamente de las Denominaciones de Origen para optar por un estilo más moderno y libre. Desde el otro lado del charco, empezamos también a entender la importancia del terruño y que no debemos intentar doblegar a la naturaleza. Incluso los consumidores dejaron de lado esa grieta que hacía titular notas como “esto versus aquello”.  Como expresó la crítica Jancis Robinson en su sitio: “hubo un tiempo en que los bebedores de vino declaraban ser fan de un estilo o el otro. La majestuosa moderación de los vinos de las regiones vinícolas clásicas de Europa contrastaba fuertemente con los encantos más abundantes, pero mucho más accesibles, de aquellos de lugares como California y el hemisferio sur y cada bando tenía sus propios seguidores. No creo que el mercado esté ahora tan polarizado”.

Desde Australia hasta Chile y de EE.UU. a Sudáfica, nuestros vinos se caracterizan por su alta graduación alcohólica, relativamente baja acidez, concentración, explosión de aromas y sabores, profundidad de color.

¿Podemos decir que la grieta del vino se va cerrando? Como muchos, yo creo que el vino une. Juntémonos y bebamos que seguro encontraremos semejanzas. Y si no, festejemos nuestras diferencias.

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Ariel Rodriguez
Provengo del mundo de las letras, pero siempre me definí como un entusiasta del vino. Fui aprendiendo poco a poco sobre el noble brebaje, escuchando a otros, leyendo libros, asistiendo a degustaciones, etc. y se me ocurrió la idea de comunicar sobre lo que me gustaba. Mi blog se convirtió en un espacio de crítica libre, un hobby para despuntar el vicio de la escritura, hablar sobre lo que bebo y mil reflexiones más que se me ocurren sobre el mundo del vino argentino. La ausencia de vínculos comerciales, me permite una voz libre y sincera de la que quiero hacerlos parte.

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